jueves, 22 de agosto de 2024

Pablito


 

 "!Que soy libre para ser yo mismo!
La Noche Negra está muy lejos de casa"
                              ("Black Night" de Deep Purple)

Al Pablo lo conocí por sus hermanos.
Por que coincidíamos todos en el mismo centro de estudios, en diferentes grados.
Pablo era el mayor de cuatro hermanos y un personaje de una personalidad muy seductora y magnética.

Congeniamos mucho, a pesar de la diferencia de edad, más que nada por que éramos empedernidos melómanos.
Que gusto daba llegar de visita por la casa de calle 25 y que Pablo nos invitara a su guarida a escuchar música en aquel sobervio mamotreto pasadiscos combinado, herencia de su abuelo.

Su colección de long plays abrió mi percepción a géneros y autores que desconocía y me tomaba muy en serio sus sugerencias.
Obvio que algún punto de discrepancia había, el jazz rock sin ir más lejos, hasta "Rada y la Banda" lo seguía, pero no podía entender que Chic Corea me dejase frío.

Cierto mediodía del año 80, al salir del colegio, calle Asamblea para arriba, coincidimos en un sitio donde solíamos hacer escala en la vuelta a casa: La disquería del "Palacio de la Música", en la ochaba con calle Sarandí.

Los vinilos llegaban tibios aún, y había que estar al alpiste, por que no solían llegar muchas copias de un mismo disco...
Pues ahí nos encontramos.
Pablo escudriñaba en las bateas con pericia; poniendo caras.
Si el material le interesaba, alzaba las cejas y afirmaba con la cabeza, por el contrario, si el disco no era de su agrado, fruncía el naso para un costado como si oliese una peste.
Al verme, va y me suelta:
- Ramelita, junate este... ¿Los tenés?
La cubierta del álbum mostraba una guitarra Fender Stratocaster acostada, echando chispas sobre un fondo púrpura.

Yo miré y no tenía ni puta idea, pero leí la carátula y no tuve mejor idea que jugarmela de canchero:
"Si... los Deepest Purple" le dije. a lo que al toque me retruca: "No boludo, ese es el título del disco, el grupo se llama Deep Purple.
Te va a venir bien pegarle una escuchada loco..."

Y claro... me dejó picando.
Seguí su consejo.
Lo seguí a ciegas.
Al día siguiente me compré aquel álbum sin siquiera oírlo en las cabinas de prueba dispuestas por "el palacio".
Solo sabía que eran un grupo inglés de  "Hard Rock" (el concepto de Heavy Rock no tardaría en llegar) Pero la tapa era magnífica. Se fue conmigo.

Coincidió que esa noche en casa no había nadie, por ello trasladé el "Phillips" automático de mi viejo para mi pieza.
Puse el lado A de mi álbum nuevo.
Tema uno: Black Night...
Y así nomás... Se volvieron mi banda favorita de Rock a día de hoy...

Cuando le conté a Pablo mi revelación, con aquella sonrisa propia de él coronando el hoyuelo de su barbilla me soltó: "Te dije o no te dije?"

Como ya he dicho, solía visitarles, y siempre nos estábamos intercambiando discos o casettes.
Por ese tiempo, intentaba definir mi vocación, que era ser disc jockey, pero por aquel tiempo, tal oficio no era algo muy serio y ni de lejos gozaba esta profesión del prestigio que en el presente goza.
A mi me pasó de ver al flaco Gutierrez pinchando en el Fraternidad y sentir que quería hacer exactamente aquello...

Como fui comprobando, era un oficio en el que se precisaba inversión, no solo el equipamiento, sino la actualización musical, los discos importados valían un huevo, y tenías que morir en Montevideo, los singles otro tanto.
Había que echar mano de los casettes pirata, y grabar... sobre todo de las FM.

Yo le daba especial importancia a lo que se conocía como "enganches" entre tema y tema. Para ello practicaba bastante con el botón de pausa y ajustando las cintas muchas veces con la ayuda de bolígrafos bic para que los ritmos coincidiesen y la transición entre los temas no resultase muy traumática.

Pablo no era de esos (que por entonces pululaban) que hacía una separación entre musica "comercial" y "progresiva". Pablo oía mis casettes enganchados y me animaba a expresarme. Incluso me recomendó a sus amigo Dalton y Daniel, los que por entonces iniciaban otro proyecto y terminamos de socios.
Me fui un poco del tema, pero solo para aclarar el apoyo que él me dió por ese entonces.

Tiempo después...
Nos solíamos encontrar por la noche.
Como buen noctámbulo maragato, solía encontrarse con mi viejo. Compartieron barra y mesa en la vereda, en aquellas noches eternas del viejo bar de la Cita, en tiempos de Milton Ríos.
Una noche me sorprendió, que se puso a declamar unos versos antiguos y picarezcos, que parecían no terminar nunca. Vaya memoria había entrenado!

Su familia hubo de mudarse de la vieja casa de los Costa, y él se fue a vivir a una casita por calle Bengoa, donde le visité algunas veces, y donde recalaban artistas y bohemios. Allí conocí a Heber Riguetti, quién por entonces empezaba a destacar en el panorama plástico local.

Luego, claro. El tiempo fue pasando, por aquel pueblo... tan nuestro, y a la vez tan ajeno...
Me consta que, al igual que quién suscribe, Pablo sufrió penurias económicas.
Es decir, la música, la poesía, el arte y la bohemia nos mantuvieron a flote, pero como sabe todo el mundo, la vida se suele tornar un poco implacable, y le da en ocasiones, por machacar a los soñadores.

Dejamos de vernos.
El fue padre. Yo me fui a la Argentina.
Luego volví, y por ahí andábamos, cada uno corriendo sus respectivas liebres (Cada año más rápidas y esquivas...)

Un día nos encontramos en la barra del Club en tiempos de Bertolini. Compartimos unas cañas con naranja, y hablamos de música obviamente.
Tenía mucho interés por la música sacra, y recuerdo que bromeamos por el metejón de Nelson Romero con los Barrocos... Pero cuando le conté que tenía un long play de Canto Gregoriano, me hizo exactamente aquel mismo gesto que yo había visto años antes cuando revolvía bateas en el Palacio de la Música: levantando las cejas y afirmando con la cabeza...

Y bueno... El último recuerdo que atesoro de él, fue una visita que me hizo en el "salón 25" lugar donde laboraba y vivía.
Me pidió prestado aquel disco que mi tío Julio había enviado de Europa, el de los Cantos Gregorianos, grabados en una abadía de monjes Benedictinos.

En la mente del Soñador rondaba un sueño.
Un sueño que entró en hiato, cuando un puto disparo lo arrebató de este plano material.

Pero... Con lo que no cuenta a veces la dura Realidad, es que los sueños que se comparten, acaso nunca mueran, siempre que se sigan compartiendo...

Por esos años ochenta, nadie hablaba de Ecoaldeas o Ecobarrios. Las palabras ni siquiera existían.
Pero en la visión de Pablo estaba muy claro.
Y aquella Noche estrellada, en el escalón de la esquina de la casa de mi vieja: me la contó con pelos y señales, con aquel entusiasmo contagioso propio de él.
Le presté el disco.

"Esta es la base mística... los cimientos de esa comuna" Me dijo, señalando a los Monjes de la portada en pleno "Angelus".

Una inolvidable sonrisa coronando su hoyuelo y un abrazo, fue lo último que en este mundo compartimos... a excepción de este sueño... que se negó a morir con él...

Si. Yo creo que somos como sueños... que se moldean en la fragua de este maravilloso mundo cruel, pero también mucho más, no tengo dudas.

De esta forma seguiremos, hasta que este río caudaloso nos acabe desembocando en ese "gran Océano de todos los reencuentros" En el que habitan todos los que dejaron atrás la "Noche Negra".

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